Comentario diario

Mirad que nadie se engañe

Casi nada de lo que ahora vemos estará dentro de unos años. Esta certeza se hace cada vez más fuerte en la conciencia de la humanidad, generación tras generación. Pero, además, es cierto que a la velocidad con que se precipitan los acontecimientos en este último siglo, esta conciencia de lo transitario es, si cabe, aún mayor. Unas modas suceden a otras, unos líderes dan el relevo a otros, unos gobiernos alcanzan el poder y otros los derrocan. El hombre experimenta un vértigo que se hace a veces insoportable. Todo es efímero. Las cosas son de usar y tirar. Nada permanece. Todo pasa.

En medio de esta ansiedad ayuda escuchar a Jesús advirtiendo con sencillez y seriedad: ?De esto que contempláis no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido?. Se refería al templo de Jerusalén, una de las obras más extraordinarias de la antigüedad; el templo que había reedificado Herodes ?el grande? y que era considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo. No solo los discípulos de Jesús sino también todos sus contemporáneos, se quedaban con la boca abierta, como embobados, contemplando la calidad de sus mármoles, el resplandor de su oro, la grandeza de sus artesonados.

Pasaba con el templo lo que ha sucedido siempre con los edificios más emblemáticos de la historia, que se construyen sobre las ruinas de otros. El primer templo construido por Salomón fue destruido posteriormente por Nabucodonosor. El templo construido por Zorobabel va a ser el anterior al que contempló Jesús con sus propios ojos y que sería destruido unos años más tarde por Tito en el año 70 de nuestra era. Sobre sus ruinas se construyó la mezquita de Omar que sobrevive hasta hoy. Es todo como una parábola de la historia mismo. La fragilidad y la caducidad de las empresas humanas contrastan con la fidelidad, solidez y eternidad de Dios.

Por eso cuando Jesús tiene que responder a la pregunta de los discípulos; esa pregunta tan llena de curiosidad y de avidez sobre las señales que preceden al final, él les advierte del peligro de ser engañados. ?Mirad que nadie se engañe?. Y da una explicación: muchos en nombre de Dios querrán arrastrar a los creyentes diciendo que con ellos llega el final y la consumación de todo. Pero no será cierto. No debemos dejar que nadie menoscabe nuestra confianza en Cristo, señor y juez de la historia, que vendrá al final a cumplir el designio de Dios. Mientras tanto nuestra confianza solo está en Él. Jesucristo es el ancla de nuestra esperanza.

Y la cruz es la llave con la que se abre el libro de la historia. De la misma manera que cada uno de nosotros viviremos con Cristo nuestra propia pascua de muerte y resurrección, así también la ha de vivir la creación entera. Será la hora de su plena liberación porque ?la creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo? (Romanos 8, 20-23).

A nosotros nos toca confiar y abandonarnos en las manos providentes de nuestro padre del cielo que es el único que conoce el día y la hora. Él está siempre pendiente de nuestras necesidades y cuida de nosotros, aun antes de que nosotros se las recordemos en nuestra oración. ?No andéis inquietos por el mañana; a cada día le basta su propio afán.

Cristo es la piedra angular de la historia que hace que todo el edificio quede ensamblado. Pero esa piedra es la que han desechado los arquitectos, el hijo del hombre tiene que ser rechazado y padecer y morir para resucitar al tercer día del sepulcro. También la creación entera y la humanidad más en concreto tiene que pasar por ese mismo trance. Todo caerá, una piedra tras otra, pero Cristo permanece por los siglos de los siglos. Él es la piedra firme sobre la que edificar nuestra casa y la historia de nuestra vida.

Cáritas Parroquial

La identidad del voluntario de Cáritas le viene dada por el ser cristiano que nace del sacramento del bautismo y de la fe que tiene como un don de Dios.  Desde Cáritas entendemos la acción voluntaria como:

  • Una vocación personal y comunitaria de participación social.
  • De servicio gratuito a los demás, especialmente a los que más sufren.
  • De compromiso sostenido por la transformación de la sociedad.
  • Y no como un medio fácil para tranquilizar la conciencia, para adquirir prestigio o promocionarse socialmente.

El compromiso gratuito y desinteresado de los voluntarios y voluntarias que colaboran con Cáritas garantiza, junto a la participación de profesionales experimentados, la calidad y efectividad de las acciones que desarrollamos a favor de los colectivos excluidos de nuestra sociedad.

Cuando hablamos de Voluntariado, nos referimos algo más que a la acción voluntaria. Es acción, pero también su motivación y, sobre todo, su impronta, su capacidad transformadora de la realidad y de la persona voluntaria.

Coordinador:  David Perez

Proyectos:

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Ropero Parroquial: María Castellano (Kina)

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